domingo, 16 de enero de 2011

conversación con una tortuga. (un poema a cuatro manos)

Flanqueados por Jesús Ge y Eddie (J.Bermúdez) en el Perro Andaluz (Sevilla).
(Foto realizada por Deborah Vukusic y la que tituló los cuatro juanetes del apocalipsis.)


Escrito ayer. Porque tenemos 18 y 19 años, escrito a quemarropa. Porque somos poetas, hablando del amor y del silencio. Porque sí y porque no. Juntos. Este poema de Enrique Martín y Jorge Brunete:


Entre los muros blancos se deshace la euforia, apenas quedan tres baldosas para renunciar a la arena, y con los ojos trenzados la tortuga desiste de su piel
entre
recalcitrantes pasos contra las ventanas.

El silencio.
A: Come
K: No. Anido en las pausas un estornudo. Soy una corrupción.

El silencio. Para contabilizar las veces que cayeron las perlas. Los lirios. Los resquicios
de esa nube. No quiero devorar tantos poemas. Arrastro

El silencio (no). No.

Todo tembló entonces porque estaba apunto de llegar.
Y se te partió el labio.
Y no lloraste.
Y abriste la posibilidad que todos estábamos esperando.
Sabíamos que moriríamos.
Pero seguíamos allí. Apoyados en el umbral, justo en la mordedura

en esa ración íntima
inmóvil
fría
cárcel,
de los segundos,

de esa nube,

de tus labios.

Seguíamos allí, retorcidos
sobre la cancela.
Entre nosotros, entre espasmos.

Y no fue una coincidencia
que de todos los lugares del mundo
tu ventana fuera
la que se dedicó a dejar pasar
la lluvia.

El silencio (sí). Tal vez, elisa se peina con un pesebre azul.

Quemamos aquel mediodía todos los rasguños.
Mira. Pulsa sobre el tablero perfectamente llano. Vacío.
Caes sobre mis brazos. Sí.

Tocábamos todo lo que se pusiera por delante.
Todo lo que estuviese a unos pocos centímetros.
No hay tacto.
La música que masticas viene de la papelera de mi habitación.

Pero prefieres alargar las cajas. El abrigo desgastado.

El silencio. aparcado porque creíamos que tal vez ya no nos importaba

o simplemente porque creíamos que se había perdido en la cordura.

Pero aún así nos tocábamos y palidecíamos.

Recuerdo la tarde tonta y los matorrales del aseo público,
el parque con mirada triste,
y a los poetas románticos vaciándose de versos.

Ahora: pulsa sobre el tablero perfectamente hundido: la misericordia del ocaso. Un beso.

La noche templada en la que me acuesto pronto.
Antes de dormir nunca lo pienso.
Que duermo con un pellejo descosido.
Que canto antes de los golpes.
Que un pájaro cubre mis sospechas. Y me cubro hasta la cabeza. El asombro acecha.
Y mi madre vendrá a darme las buenas noches.

Ardía las tos en los pulmones. Íbamos a amarnos brutalmente.
Lo que no recuerdo
es si ya lo sabíamos entonces.
O contábamos con los dedos los días que quedaban para la próxima
cita,

el recuerdo se nubla y llegan los rostros,

se alumbra el siguiente nombre:

desenredé mis uñas. Había un niño altísimo que no quería esconderse.
No diría que fuese valor.
No exactamente.
Era un latido explotando por detrás del hogar.
Sonreía. Dijo: un día te mostraré mi barba.
Dije: la cogeré con mis dos manos. Me enrollaré con ella.
No la extirparé de la inocencia. Te lo prometo.

Te lo prometo.

Ahora: sabemos que el poema es(, sin ninguna duda,) insuficiente

pero,
la duda es ¿suficiente?

¿suficiente como el silencio que se dispone a tirotearnos esta maldita noche?






j.b y e.m

2 avisos desde la frontera:

Anastasia K. dijo...

El poema casi nunca es suficiente y la duda es suficiente pero le faltan patas. Cuando os juntais dais miedo. Bravo amiguitos, Bravo!

Eddie (J.Bermúdez) dijo...

mierda yo tenia ke estar ahi

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